Día 0: El accidente en Vilanova y el inicio de la pesadilla
El accidente ocurrió de la forma más inesperada y, por qué no decirlo, absurda. Era domingo, 17 de noviembre de 2024. Había salido por la mañana desde Mollet del Vallès en dirección a Vilalba Sasserra, una ruta que he recorrido infinidad de veces.
A la vuelta, a la altura de Vilanova del Vallès y siguiendo el cauce del Mogent, cometí el error de distraerme con el mapa del Garmin Edge. No es que necesitara mirar la ruta, pero al activarse el ahorro de energía la pantalla se apagaba y, entre la manipulación del dispositivo y el cansancio acumulado, perdí el control. En un acto reflejo, al ver que caía hacia la derecha, saqué el pie de la cala y di una fuerte patada contra el suelo para intentar estabilizar la bicicleta. Fue una idea pésima: terminé en el suelo con la bici encima y el pie izquierdo completamente girado. El dolor, como imaginaréis, fue inmediato e insoportable.
La tecnología, al menos, funcionó: el Garmin detectó el impacto y envió mis coordenadas automáticamente al móvil de mi mujer. Por suerte, en la pista había gente que se detuvo a ayudar; llamaron a la ambulancia y hablaron con ella para tranquilizarla y darle la ubicación exacta.
Poco después llegaron la policía local de Vilanova y dos ambulancias. La espera se me hizo eterna. Recuerdo que me inmovilizaron el pie en una bota neumática y me trasladaron al Hospital de Granollers. Allí, tras lo que me pareció una eternidad en un box y con un simple paracetamol intravenoso —que poco podía hacer contra semejante fractura—, apareció un traumatólogo llamado Sergi, como yo. Tras varias inyecciones locales para dormir la zona, me recolocó el tobillo y me enyesó.
La noticia final fue el primer jarro de agua fría: 'Hay que operar ya, pero no será aquí. Te derivamos a tu hospital de referencia en Mollet'. En ese momento supe que las cosas empezaban a torcerse.
Y así, de nuevo a otra ambulancia rumbo al Hospital de Mollet. Al llegar, tras realizarme un TAC, la conclusión fue la misma: había que operar. Sin embargo, me encontré con un obstáculo inesperado: parece ser que no había un traumatólogo especialista en tobillo de urgencias en ese momento, por lo que decidieron que la cirugía sería 'más adelante'.
Fue una decisión que se convirtió en una pesadilla. Tuvieron que pasar más de tres semanas hasta que por fin llegó el día de la operación. Tres semanas interminables con tres huesos rotos, sin poder apoyar el pie y viendo las estrellas ante el más mínimo movimiento. Esa espera, con el tobillo en un estado lamentable y el dolor a flor de piel, fue, sin ninguna duda, la prueba de resistencia más dura de todo este proceso.
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