Semana 1: Flictenas, infección y la desesperante espera en casa

Si la operación fue un hito, las tres semanas previas fueron un auténtico calvario. El mismo día del accidente, el 17 de noviembre, empecé con el 'cóctel' habitual: heparina diaria, omeprazol y la combinación de ibuprofeno con paracetamol. Sin embargo, el dolor era de otra galaxia. Para el día 23, el dolor al ponerme de pie —sin apoyar, claro— era tan insoportable que tuvimos que volver a urgencias.

Resultó que la inflamación era tal que la escayola me estaba estrangulando el pie. La solución fue abrirla lateralmente con dos 'regatas' y sujetarla con Tensoplast. El alivio fue inmediato, pero el dolor interno seguía ahí. Como los médicos se negaban a recetarme algo más fuerte por no saltarse el 'protocolo', decidí por mi cuenta pasar al Enantyum durante unos días; fue lo único que me permitió sobrellevar aquellos dolores terribles.

La lucha contra las complicaciones Esas semanas fueron un desfile de traumatólogos; cada visita semanal era un mundo nuevo. Al quitarme la escayola para revisar el tobillo (con todo roto por dentro), la imagen era dantesca. Aparecieron unas flictenas (ampollas gigantes por la inflamación) que tuvieron que pinchar, drenar y curar.

Por si fuera poco, uno de los especialistas detectó que se estaba complicando con una celulitis (una infección del tejido, nada que ver con la estética). Así que, a todo lo que ya tomaba, tuve que sumar una tanda de antibióticos que me acompañó casi hasta el día de la operación. Fue, sin duda, la etapa más oscura de todo este proceso.

 



Para alguien acostumbrado a correr cada mañana y a exprimir la vida fuera de casa, aquellas semanas fueron, sin duda, las más duras y dolorosas que he vivido. No era solo el dolor lacerante ante el más mínimo movimiento, sino la impotencia de la inmovilidad y la angustia de no saber cuándo bajaría la inflamación para poder operarme. Recuerdo con impacto cómo el hematoma trepaba sin freno desde el tobillo por toda la pierna, hasta rozar la ingle. En medio de ese caos, tuve la inmensa suerte de tener a mi mujer a mi lado; ella fue mi apoyo en cada necesidad y, sinceramente, sin ella este proceso habría sido imposible de superar.

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