Mes 2: Aprendiendo a caminar de nuevo en el SocioSanitari de Mollet
Pues nada, dos semanas después de la operación y de visitar enfermería varias veces para las curas (nada se infecto, por suerte) me quitaron los puntos y este es el aspecto que tenía el tobillo.
La piel estaba muy muy seca, y había perdido mucha musculatura desde el accidente (y más que perdería aún). Justo el día que me quitaron los puntos, me pusieron una bota, aunque aún no podía apoyar el pie en el suelo, me permitió al cabo de cuatro semanas, quitármelo para dormir, la gloria.
La rehabilitación ha sido un camino largo y exigente. Desde enero hasta julio, mi rutina se centró en el SocioSanitario de Mollet del Vallès, dos veces por semana. Los primeros meses, como no podía apoyar el pie, dependía de la ambulancia. Recuerdo bien esa llamada cinco minutos antes de que llegaran; bajaba como podía y luego compartía ruta con otros compañeros antes de regresar a casa.
En casa, el reto era arquitectónico: aprender a subir y bajar escalones con muletas y sin apoyo derecho. Curiosamente, me resultó más fácil bajar que subir, aunque con el tiempo terminé dominando ambos. Pero la rehabilitación no se quedaba en el centro médico; en casa complementaba con ejercicios de los fisios y otros que buscaba por mi cuenta, mañana y noche.
La alimentación como medicina Para apoyar la reconstrucción ósea y tendinosa, hice cambios conscientes en mi dieta:
Proteína y Colágeno: Imprescindibles para la regeneración de tejidos.
Lácteos: Mantengo el hábito de tomar de dos a tres raciones diarias para asegurar el aporte necesario.
El control del peso: Intenté vigilar la alimentación para no ganar peso, pero siendo honestos, resultó casi imposible al estar inactivo. Al final, lo acepté como un "mal menor" dentro del proceso.
El miedo al primer paso Nunca olvidaré el primer día que me autorizaron a apoyar el pie. Estaba aterrorizado; sentía que algo se iba a romper. Al principio "veía las estrellas" cada vez que el pie tocaba el suelo, pero el dolor fue cediendo paso a la confianza.
Hoy, a nueve meses de la operación, el balance es agridulce. Lo que más me cuesta aceptar es la pérdida de movilidad en la dorsiflexión. Es, con diferencia, lo más frustrante: por mucho que me esfuerzo, no veo avances significativos en ese rango de movimiento. Por suerte, aunque es una limitación real, no me impide llevar una "vida normal", salir en bici o trotar suavemente.
De cara al futuro, mi objetivo es el verano de 2026, cuando entraré de nuevo a quirófano para retirar el material. Me da respeto, pero sé que es el paso necesario para intentar recuperar esa libertad que el tobillo aún se resiste a darme.
Otro gran hito de aquella época fue, por fin, dejar de pincharme la heparina. Estuve unos tres meses largos con la rutina diaria de la inyección tras la operación. Al principio es una batalla contra los hematomas, pero al final le cogí tanto el truco que lograba inyectármela sin dejar ni una sola marca. Parece una tontería, pero en ese momento, dominar el pinchazo y luego librarte de él se siente como un auténtico logro de libertad



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